“Me alegro mucho de que por fin alguien se atreva a decir que el sistema educativo actual hay que renovarlo, porque nuestros hijos son NUEVOS. Dejemos el anquilosamiento a un lado, por favor. No es bueno estancarse y aferrarse a cosas que YA NO F U N C I O N A N !!!! Me sumo a este proyecto, por el que ya hace tiempo apuesto con mis pequeños clientes valientes y sus padres que acuden a mi consulta en busca de acompañamiento para encarar el futuro como ellos merecen. Una educación a su altura, un acompañamiento y re-educación acordes a sus capacidades, que son TODAS! Solamente hace falta que ellos mismos descubran cuáles son”. Este fue mi post de ayer en Facebook.

Los Jesuítas acaban de dar un vuelco. Entre esta noticia que está corriendo por las redes y el artículo que habla sobre una niña que no puede parar sus pensamientos con solamente 5 años, tengo que hacer una reflexión con todo ello. Los niños sufren fracaso escolar, se aburren, se portan mal, dejan de estudiar, suspenden exámenes en primaria, todo esto conduce directamente a la temida frustración de padres e hijos.

¡¡¡Castigado por no estudiar, después de los deberes te quedas sin ordenador y el fin de semana no sales!!! O no salimos, porque muchas veces tenemos que organizar las actividades lúdicas familiares en función de los deberes o trabajos extra y nos quedamos todos castigados en casa.

¿Qué está pasando? Que no queremos asumir que nuestros hijos son otra generación, distinta, con otros parámetros que no encajan con lo viejo, ya no funciona. Y en vez de reconocerlo, les colgamos el lastre…

Hace veinte años con mi hija mayor, doce con mi hijo pequeño y cinco más en consulta que llevo a cabo la agradecida labor de coLABORar y acompañar a las personas que quieren entender e intentar resolver parones con los que se van encontrando, que no son más que bloqueos por falta de coherencia entre lo que hacen, piensan y sienten. Esta es mi aportación al cambio de paradigma, yo la llamo “Mi pequeña revolución” y mi estrategia ha sido siempre escuchar y enseñar a escuchar. Antes que nada hay que preguntarse dónde estamos situados y hacia dónde queremos ir.

¿Por qué hablo de todo esto? Porque no estamos siendo coherentes. El sistema educativo actual está anquilosado en un paradigma que ya no es útil ni real. El modo de trabajar está cambiando, las empresas, los nombres de los diferentes cargos, los departamentos también. Las entrevistas laborales enfocan cada vez menos la atención en los títulos pero más en los talentos y en las capacidades de las personas. La buena gestión de talentos es el éxito seguro, en la empresa, en la familia y en el colegio.
Cada día veo y vivo este sistema educativo y social y me pregunto de qué les está sirviendo realmente hacer “deberes” (la palabra ya me pone la piel de gallina) en casa, por poner un ejemplo, o de qué les sirve que los castiguen sin patio o al acabar la jornada de 8 horas en el colegio, tener quedarse haciendo una redacción sobre su mal comportamiento o sus distracciones, durante una hora más. O de qué le sirve a un adulto, castigar o recriminar un comportamiento a otra persona si no le pregunta el por qué… Lo que no se aprende en clase o lo que provoca la distracción, no es en sí mismo un tema exclusivamente del niño.

No creo que estas acciones nos conviertan en personas más responsables o que nos sirvan para conocer nuestros dones o talentos ni los del alumno, es decir, el hecho de aprender no ocurre delante de un libro, ni ante un castigo. El aprendizaje, en cualquier ámbito, ocurre cuando procesamos lo que ha pasado, cómo, en qué momento y por qué, con el reconocimiento de las emociones que nos han provocado dicho comportamiento. Los límites deberían tener una finalidad, que la persona entienda el proceso que ha vivido y las consecuencias.

Aprendemos a relacionar, a memorizar a gestionar mediante las emociones; sin emoción no hay curiosidad, no hay atención, no hay aprendizaje, no hay memoria. Una emoción es algo que te saca de tu estado habitual. Técnicamente, las emociones son sustancias químicas que refuerzan neurológicamente una experiencia, por tanto son un proceso biológico, no psicológico. Hoy en día, ya conocemos bastante bien la existencia de las inteligencias múltiples y cómo funcionan, pero de qué sirve si primero no aprendemos a reconocer nuestras propias emociones? Algo no está funcionando. La capacidad de equilibrar ambos cerebros se conoce como inteligencia emocional, es un talento del que no todo el mundo goza y se está convirtiendo en indispensable, pero antes hay que aprender cómo funciona. Tenemos que ser valientes y humildes y reconocer cuándo nos equivocamos. Los colegios Jesuitas ya se han puesto manos a la obra con sus alumnos. Creo que es un derecho y también una obligación, darles esta oportunidad a nuestros hijos, me atrevo incluso a decir, ofrecerles la oportunidad de que sepan el valor que tienen, que no se mide con las notas, ni con puntuaciones, ni con el nivel de atención que prestan en clase medido en  tiempo, sino aprendiendo a aprender con ganas de aprender más. Escuchémosles. Son pequeños grandes sabios.
¿Nos arremangamos y al lío?

Eva López Sala @SignOfMySoul

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